domingo, 2 de junio de 2013

Barbas.

A lo largo de la historia las barbas han sido vistas de formas muy diferentes. Socialmente, según el tiempo y la cultura, les daba a su portador una apariencia u otra, desde prestigio, sabiduría y dignidad; hasta falta de higiene, dejadez y miseria.

A día de hoy, hay muchas opiniones sobres las barbas, hay a gente a la que le gusta, gente a la que no, hay gente que se la deja crecer para tapar cicatrices, también los hay que no soportan tener ni un milímetro de ella y gente a la que su profesión no se la permite dejar crecer.

Yo, tengo cierta pasión por ellas, no sé que tienen pero me gustan. Cortas, largas, despeinadas, lisas, rizadas, oscuras y claras.
Pero tengo que confesar que hay una en concreto por la que siento predilección, ella es mi creadora de oxitocina por excelencia.
No es muy larga, es bastante oscura y si la sigues por debajo del mentón tiene una pequeña clava, en general es bastante imperfecta. Y SÍ, justo ella es mi favorita, hace que todos mis sentidos sufran un extraño éxtasis. No sé qué le pasa a mis dedos pero cuando están cerca no pueden parar de perderse entre ella.
No sé cómo ha ocurrido pero entre esa barba y yo hay una conexión rara, fuerte y real.

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